No es historia muy antigua el cuarto de baño. Aunque deberíamos asistir a los animales todos. Los grandes mamíferos dejan sus heces desperdigadas y abonan los campos sin compasión. Una manada de Gñues, de un millón y medio de individuos, es una cantidad de excremento bastante respetable. Algunos animales, por designio de la utilidad, defecan en las madrigueras y algunas se realimentan de tales bondades gastronómicas. No Pesa que Desmond Morris atribuye un poco de nuestra evolución al desalojo de las heces fecales desde alguna parte del árbol vivienda y al comenzar a consumir carne, nos obligó, por el hedor, a alejarnos de aquellas masas hediondas. Preguntarse para qué mamífero, es hedionda sus propias heces, es una cuestión de observación y no faltará el poderoso observador que determine lo que los tiene sin cuidado y desechará la teoría del etólogo mencionado. Antes de ser sedentarios, cualquier lugar protegido de depredadores servía para devolverle al mundo lo que se merecía, no así que alguna norma de comida obligara al comensal a depositar sus detritus a una distancia prudente del hogar para evitar que los olores de una buena comida se mezclaran con la fetidez de una buena descomida. Lo más probable es que sólo para no pisarla o para mantener alejados a ciertos bichos que se divierten con las heces; la norma de alejarse del hogar o del lugar que servía de base, se convertiría en una regla general que seguimos cumpliendo hoy en día. Los cuarticos de baño se ubicaron en las cercanías del hogar, pero no dentro de él, de nuevo, para evitar las mezclas olfativas complejas que pudieran ser desagradables, lo suficientemente lejos de poder alejarse del impase y lo suficientemente cerca de poder alcanzarlo cuando la necesidad lo exigiera. Aún hoy encontramos algunas casas no muy antiguas en las que se conserva el cuarto oscuro o WC o el cuartico, a una distancia cómoda en el corredor pero externo a la casa y al aparecer el señor sifón, logramos introducir un modelo de comodidad impresionante a nuestros cuartos personales, el sanitario con sifón cuya misión es detener los gases de regreso y mantener el cuarto libre, en lo posible, de olores candentes y tergiversadores. Ya la manía de aislarnos allí por decisión propia o de pasar más tiempo del adecuado en él, parece surgir de una necesidad de soledad impuesta más por la presencia de otros individuos y la necesidad de hacer cosas no morales o criticables por otros, es más de otra rama que no implica aquí nada. No es de extrañar que la ética y la moral advirtieran que había ciertas cosas que era mejor hacer solo y hasta una sabia frase popular que he escuchado cuadra en el emotivo recuento evolutivo: si quiere perderle el amor a una persona mírela haciendo fuerza en el baño. Dudo que tales sinsabores fueran problema en la tribu nómade e incluso en la sedentaria de diferentes asentamientos, pero, de nuevo, la religión y la ética pueden empujar a considerar desagradable el encerrarse en grupos para realizar descargas masivas, aunque ese ejemplo lo tenemos en los baños públicos romanos que hoy nos parece una idea de mal gusto e incluso en un personaje que ambulaba en la Grecia, cobrando por cubrir con una tela negra al autor de la descarga y cobraba por ello. No dudo que humanos y homínidos de todas las especies se agacharan en cualquier parte a descargarse sin el pudor o la parafernalia que hoy nos ocupa cuando queremos deshacernos de los desechos de nuestro cuerpo. Tal cual lo vemos hoy en los grandes mamíferos y en los pequeños. El lugar del baño se fue estilizando desde el uso del fuego como centro del hogar y ha ido tomando el puesto que hoy le reservamos. Un lugar discreto donde todos tenemos que llegar y donde todos saben lo que hacemos, pero que, inevitablemente, entre el pudor y la ética hemos convertido en lugar de culto. Nadie hay que no queme incienso en esos altares. De varias maneras.