miércoles, 27 de diciembre de 2023

La invención del hogar

 Me la pusieron muy fácil, retroceder en el tiempo para determinar por asociación cuando "creamos" el lugar que nos serviría de refugio. Muy lejos hay que viajar en el tiempo porque debe ocurrir al bajarnos de los árboles y probablemente después de que nuestras manos empiezan a ser usadas para algo más que la locomoción. Los australophitecus fácilmente ya caminaban erguidos, pero requeriríamos al constructor Habilis para dar ese salto. Hace un par de millones de años Habilis ya manipulaba piedra y no es alocado pensar que cada que necesitaba refugio lo buscaba en la comodidad de las ramas de los árboles, excepto cuando no habían árboles cercanos o al acostumbrarse demasiado al suelo, en cuyo caso trató de formar una empalizada con ramas, troncos y hojas secas que le debió dar una mayor sensación de seguridad. La estilización de tales hogares llevaría al hombre a adecuarlos para "vivir" en ellos, ya que aquellas aún no eran viviendas, sólo se usaban para dormir y descansar. Todavía debió llegar el descubrimiento y control del fuego, para que alrededor de él se organizara la comida después de la caza y más allá, los dormitorios. No es de extrañar que trabajaran la piedra en un lugar especial de ese tendido imaginario dominado por la luz de la hoguera ─el taller─ en cuyo caso ya no nos extraña la palabra "hogar". El fuego brindaba protección de otros animales, luz, alimento más digerible y una especie de halo protector al que muy probablemente ya podría llamársele casa. Esta casa no se transportaba y nuestros ancestros se trasladaban constantemente en busca de presas y alimento. Al sitio al que llegaban, recreaban fielmente su espacio protegido y cada vez se hacían más hábiles extendiéndolo. No es raro que en algún momento, desalojaran un animal de su guarida y pasaran a la época de las cavernas. Era un refugio más fuerte y sólo había que cuidar una o dos entradas a lo sumo. Trasladar allí la parafernalia del fuego y las armas constituidas de maderos y piedras resultaba más sencillo y seguro, sobre todo cuando dejaron de temer a los animales más grandes que sabían controlados con el fuego y las varas. Ese puede ser el principio del sedentarismo, abandonar una buena cueva sólo podía ser por escasez de alimento o variación del clima que implicaba lo mismo. Ergaster fue viajero, pero ya tenía la capacidad de "construir" su hogar, he de suponer, más estilizado, con nuevos avances como probablemente varas enterradas o reforzadas con piedras para que el campamento fuese menos etéreo y sin embargo debió llegar Sapiens para tratar de emular las rocas y notar las propiedades del barro. No dudo que la llegada de las cosechas impulsó la tecnología del hogar, las fibras, el barro cocido, las divisiones, las áreas... todas construidas alrededor de una hoguera. De allí a la piedra labrada de los egipcios y a la argamasa de los romanos no restan más que unos miles de años, el cambio de la piedra al bronce y al hierro, el concreto y el cemento armado... Ahora no podemos concebir que alguien habite en la calle sin protección de los elementos o sin las necesidades básicas y hasta hemos determinado que las necesidades básicas han cambiado. En aquellas épocas remotas sólo se requería protección, luz y caza. Más adelante pensamos en agua y comida, bastaba en plantarse cerca de una fuente o río. Hoy requerimos una red de tuberias de desagüe y una red de tuberias de alimentación, lo mismo que un cableado para la energía que mantendrá una "despensa" a baja temperatura y permitirá la cocción de los alimentos. Hemos cambiado de forma no de fondo. Al principio se trataba del lugar designado para acampar y estaba en ciertas condiciones, en medio del campo para tener visibilidad o cerca a una pared de piedra que ahorrara construcción, en una cueva o entre las piedras. Hoy designa al sitio donde se vuelve. La mentalidad de hogar, donde está lo que nos pertenece y nos hace sentir seguros. Seguramente tendrá que escribirse una segunda parte sólo desde el punto de vista psíquico, pero no me involucra a mí. 


PS: Quiero suponer que es en este momento es que puede empezar a existir un "cuartico sucio" dedicado a depositar las heces que puede estar representado simplemente por un lugar, o una zona de desechos, aunque no era ese el tema, debió empezar a regir una norma tácita de limpieza, ya olfativa, que nuestra dieta ya era de carne, ya de limpieza, ya organizacional.

domingo, 10 de septiembre de 2023

El cuarto de baño

 No es historia muy antigua el cuarto de baño. Aunque deberíamos asistir a los animales todos. Los grandes mamíferos dejan sus heces desperdigadas y abonan los campos sin compasión. Una manada de Gñues, de un millón y medio de individuos, es una cantidad de excremento bastante respetable. Algunos animales, por designio de la utilidad, defecan en las madrigueras y algunas se realimentan de tales bondades gastronómicas. No Pesa que Desmond Morris atribuye un poco de nuestra evolución al desalojo de las heces fecales desde alguna parte del árbol vivienda y al comenzar a consumir carne, nos obligó, por el hedor, a alejarnos de aquellas masas hediondas. Preguntarse para qué mamífero, es hedionda sus propias heces, es una cuestión de observación y no faltará el poderoso observador que determine lo que los tiene sin cuidado y desechará la teoría del etólogo mencionado. Antes de ser sedentarios, cualquier lugar protegido de depredadores servía para devolverle al mundo lo que se merecía, no así que alguna norma de comida obligara al comensal a depositar sus detritus a una distancia prudente del hogar para evitar que los olores de una buena comida se mezclaran con la fetidez de una buena descomida. Lo más probable es que sólo para no pisarla o para mantener alejados a ciertos bichos que se divierten con las heces; la norma de alejarse del hogar o del lugar que servía de base, se convertiría en una regla general que seguimos cumpliendo hoy en día. Los cuarticos de baño se ubicaron en las cercanías del hogar, pero no dentro de él, de nuevo, para evitar las mezclas olfativas complejas que pudieran ser desagradables, lo suficientemente lejos de poder alejarse del impase y lo suficientemente cerca de poder alcanzarlo cuando la necesidad lo exigiera. Aún hoy encontramos algunas casas no muy antiguas en las que se conserva el cuarto oscuro o WC o el cuartico, a una distancia cómoda en el corredor pero externo a la casa y al aparecer el señor sifón, logramos introducir un modelo de comodidad impresionante a nuestros cuartos personales, el sanitario con sifón cuya misión es detener los gases de regreso y mantener el cuarto libre, en lo posible, de olores candentes y tergiversadores. Ya la manía de aislarnos allí por decisión propia o de pasar más tiempo del adecuado en él, parece surgir de una necesidad de soledad impuesta más por la presencia de otros individuos y la necesidad de hacer cosas no morales o criticables por otros, es más de otra rama que no implica aquí nada. No es de extrañar que la ética y la moral advirtieran que había ciertas cosas que era mejor hacer solo y hasta una sabia frase popular que he escuchado cuadra en el emotivo recuento evolutivo: si quiere perderle el amor a una persona mírela haciendo fuerza en el baño. Dudo que tales sinsabores fueran problema en la tribu nómade e incluso en la sedentaria de diferentes asentamientos, pero, de nuevo, la religión y la ética pueden empujar a considerar desagradable el encerrarse en grupos para realizar descargas masivas, aunque ese ejemplo lo tenemos en los baños públicos romanos que hoy nos parece una idea de mal gusto e incluso en un personaje que ambulaba en la Grecia, cobrando por cubrir con una tela negra al autor de la descarga y cobraba por ello. No dudo que humanos y homínidos de todas las especies se agacharan en cualquier parte a descargarse sin el pudor o la parafernalia que hoy nos ocupa cuando queremos deshacernos de los desechos de nuestro cuerpo. Tal cual lo vemos hoy en los grandes mamíferos y en los pequeños. El lugar del baño se fue estilizando desde el uso del fuego como centro del hogar y ha ido tomando el puesto que hoy le reservamos. Un lugar discreto donde todos tenemos que llegar y donde todos saben lo que hacemos, pero que, inevitablemente, entre el pudor y la ética hemos convertido en lugar de culto. Nadie hay que no queme incienso en esos altares. De varias maneras.