jueves, 30 de junio de 2016

Efecto tribu capítulo V

V




En el camino hacía nuestra audaz teoría, no debemos abandonar la idea de recta, Euclides debe permanecer presente y es aquí donde debemos acudir al impulso sexual proveniente de ese factor Mimir. Es claro que si nuestra meta consiste en subsistir, la idea de una alianza lleve consigo la necesaria procreación, como haya sido, es decir, ya por división celular o por soro; el punto radica en que la forma de concebir del ser en cuestión requiere de la unión de los sexos ubicados en individuos diferentes. Recordemos que algunos gusanos se reproducen sexualmente, pero estos poseen ambos sexos y se autofecundan. Esta división de los sexos en individuos diferentes es también un modo interesante de la naturaleza de obligar a los individuos a la asociación para la perseverancia de la raza, sin asumir el mito de Aristófanes como un factor explicativo de la demencia del ser humano por reproducirse buscando cualquier media naranja. No debemos olvidar al genial D. Morris “el individuo que desvíe la atención de sus instintos, encontrando maneras diversas de escapar a la procreación no subsistirá por más de un par de generaciones.” Es pues, inexorable la búsqueda de asociación para llevar a cabo el acto de la procreación y, si por demás las hembras son un poco escasas, hay que imponer unas normas para la utilización de aquellas, sobre todo si se vive en asociaciones. Pero está asociación podría tener otra razón. La prolongada estadía del cachorro humano en estado de indefensión, tiempo en el cual aprende el software necesario para su comportamiento futuro, obligó en cierta manera a esta asociación que degenerá en el más sofisticado mecanismo de posesión y propiedad privada: la familia.
No faltará, empleando los términos y las explicaciones de un conocido amigo mío, que un interlocutor imaginario me agreda en términos similares a los que empleará mi profesora del tema cuando me escuche en esta diatriba que es apenas una humilde teoría:

-Equivoca usted el proceso biológico con el proceso psíquico, asimilando que una viene después de la otra, cuando en realidad el ente psíquico se da en el hombre, cuando abandona el rasgo primitivo que más lo emparentaba con los simios.

Eso es en parte cierto, pero no del todo, porque como hemos visto se necesito de una fuerza, descomunal y desconocida y un mecanismo que permitió, es más, que obligó a los seres unicelulares a agruparse y esto es presimiesco. Se aclara que para derrotar la teoría habría que burlarnos de ella y presuponer una antes que la otra. El rasgo psíquico con el que se denota al prohombre, es característico de él, pero debió dar algunos pasos en común con los animales que es lo que hemos venido diciendo. Parece que entráramos en una circunferencia sin salida pero analicemos que fue primero ¿el huevo o la gallina? ¿los piñones o la máquina de hacer piñones que, invariablemente, lleva piñones? ¿el software o el hardware? Me parecería injusto explicar en términos de evolución sin dejar algo al libre pensar de los hombres del tercer milenio. ¿Qué fue primero la abeja o lo que acendra? Y de remate ¿fue primero el piropo o la hembra veleidosa?

Me permito recordar a los paleontólogos cuyas teorías involucraban la pregunta clave de la evolución: ¿es consecuencia el homo erectus de su cerebro grande o es causa el cerebro grande de la forma erguida de caminar? Hoy día con los cientos de antropoides parece no haber ya duda, pero ¿por qué presuponer que el ente psíquico es consecuencia de su alejamiento de los pre homÍnidos? ¿Por el hecho de que a ningún otro ser socializado -me refiero a animales- se le han imputado teorías psicológicas? Las reglas evolutivas no se dejan analizar en tan cortos períodos de tiempo y es indudable que las razas tienden a desaparecer o a mejorar y en ese camino evolutivo están mejor preparadas aquellas razas que están socialmente organizadas.



jueves, 23 de junio de 2016

Efecto tribu capítulo IV

IV






Observemos algunos detalles de nuestros antepasados animales antes de ofrecer y volver al tema que nos compete.
En los inicios de la especie animal lo más precario que aparece es la célula, en el mar, allí sola y desvalida, sin otro más que su yo inexistente y con cientos de sus congéneres alrededor; cada una experta en nada y apta para nada, es de esperar que si no buscaba inexplicablemente una forma superior de alianza con sus vecinas ese soplo vital habría llegado hasta allí y hoy ya no nos ocuparía la nada en nada y que esta vez me perdone el padre del nadaísmo. De alguna manera, sin saberse cómo ni por qué, las células encontraron la forma de agruparse en células más complejas llamadas eucariotas y empezaron un largo camino de especialización que las llevó a fabricarse a sí mismas la comida y cada vez más, hubo agrupaciones de esas agrupaciones para llegar a un ser vivo, en principio complejo, aunque no fuese más que una masa informe capaz de recoger anhídrido carbónico en abundancia para realizar los procesos por los que se determina, aún hoy día, a los seres vivos: nacer, crecer, reproducirse y morir. Tal es la teoría de los Coacervatos de Oparin, es decir, de los grupos de moléculas proteicas. No es importante para nuestro estudio cómo estas eucariotas evolucionaron hasta llenar el espacio de oxígeno y en simbiosis con otros organismos dieron a luz la diversidad de aquel entonces. Fue mucho más adelante que los peces organizados en cardúmenes decidieron sin voluntad propia abandonar el mar, tal vez por un proceso de retroceso en los océanos o por una sequía inestimable que los obligó a retirarse de su elemento natural para buscarse un nuevo elemento natural, sin demasiadas competencias o mejor dotado de alimento. Este proceso no pudo haber sido emprendido por un solo individuo, se necesitó entonces otra vez, de la asociación para la conquista de la tierra. Ya en la tierra, con amplias diversidades, notamos la separación de las especies en géneros diversos, pero en todas y cada una podemos observar esta asociación primaria de la que hemos estado hablando a lo largo de todo el capítulo: Los peces en cardúmenes y los perros en jaurías, las abejas en enjambre y las termitas en colmenas; la manada siempre está presente para cumplir a cabalidad la función de preservar la vida del grupo y proyectarlo a generaciones venideras.
Observemos a las manadas de mamíferos en los que resalta el macho o la hembra alfa, único con capacidad para procrearse, título ganado a la fuerza y que durará solo el tiempo necesario para una o dos generaciones antes de que un macho o una hembra más apta y fuerte ocupe su lugar.
Así mismo se encauzó la lucha humana por la supervivencia, los individuos de la misma especie, aquellos con rasgos y gustos similares se agruparon y estos más que aquellos sobrevivieron, adaptándose al medio hostil que habitaban.
Al final no es necesario pensar demasiado sobre cual tribu de prehomÍnidos se adaptó mejor, tan bien lo pudo haber hecho el affarensis como el Bosei o el ramapitecus. Cualquiera de ellos que lo hubiese hecho solamente pudo haber dado como resultado otro eslabón más de la cadena: el homo sappiens. Me explico: la evolución tiene una directriz y aunque pueda ser alterada o trunca, los individuos adaptados terminaran por llegar a la premeta a entregar la estafeta.
Es importante anotar antes de nuestra conclusión capitular, que J. Lacan observa: “el psicoanálisis muestra –no demuestra- que la psicología humana pertenece a otra dimensión” esto es, a una dimensión diferente a la animal, no lo tomaremos como un punto a nuestro favor.

Basaremos pues la existencia del ser humano en un factor decisivo inherente a la supervivencia y le llamaremos el factor de asociación y para no desafinar en el camino y en el intento, emplearemos una mitología alterna, la de los eslavos. Le llamaremos el factor Mimir, recordando la leyenda de la asociación entre los Vanes y los Ases, los cuales, para acabar con las disputas escupieron en un vaso para sellar el pacto de no agresión, vaso del cual, más adelante, aparecería el sabio Mimir.


domingo, 19 de junio de 2016

Efecto tribu capítulo III

III






Pero demos por caso un nuevo factor, digamos, aunque suene a profano, que Freud se equivocó cuando basó toda la moderna teoría de la psicoanálisis en la superación de complejos sexuales nombrados con una cosmología grecorromana. Sentemos precedentes para esto. El insigne Euclides, hace unos dos mil quinientos años, con base en observaciones y con una gran cantidad de tiempo libre, instauró una geometría a la que aún hoy día rendimos culto y nos resulta agradable y hasta nos permite con sus cálculos entrever algunas cosas que se escaparían sin su ayuda. Por 25 siglos esto ha sido tomado como verdadero y aunque nadie ha podido probar los postulados básicos en su totalidad, se acepta por el poder resolutorio de sus argumentos. En el siglo pasado hicieron su aparición nuevas teorías que aunque no descartaban la de Euclides empezaron a mostrar otros caminos: así B.B. Mandelbrot con su geometría fractal nos da una nueva y más amplia explicación del mundo; Lobachevski hace su parte con la geometría elíptica donde las paralelas se cortan en alguna parte, hecho que se opone a la de Euclides sin contradecirla; existe también una geometría curva, que se adapta más a la de la tierra y se explica con las geodésicas. Y no podemos desconocer la geometría hiperbólica de Riemman aparecida en 1868.  Aún muchas más geometrías han hecho su aparición en el  siglo pasado, como una nueva manera de explicar fenómenos que aún no entendíamos. Ahora podemos ver claro, si Freud hizo un hallazgo y lo interpretó desde el sexo, aún si no fuese una ciencia en pañales podría ser ampliada y revisada hasta tal punto que dentro de dos mil quinientos años -si la raza humana no ha logrado el cometido de auto destruirse- nos parecerá irrisorio que en el siglo XXI o antes, en el mismísimo y nunca bien ponderado siglo XX, nadie halla refutado o ampliado las teorías del padre del psicoanálisis sino en el sentido en que éste les dio, que fue precisamente, el sexual. Hasta aquí quedan perfectamente explicadas todas las anomalías y desordenes que sufre el ser humano. Que es megalómano, mitómano, anoréxico, bulímico   se burla del incesto y necesariamente es un neurótico; Que es maníaco depresivo, psicópata, paranoico o esquizofrénico: forcluyó el Edipo sin atravezarlo y es psicótico; voyeurista, escátofilico o posee alguna parafilia entonces no reprime el incesto y juega a una doble negación y es, en definitiva, perverso. Hasta aquí espero no haber sido demasiado irreverente y también espero no haber pecado demasiado por ignorancia con las teorías del padre y maestro de la psicoanálisis.



viernes, 17 de junio de 2016

Efecto tribu capítulo II

II






Hemos tenido que escapar por despecho de la tribu en cuestión y aún no analizamos las razones que nos llevan a formar parte de aquellas. El adolescente se encuentra en una etapa de su vida en la que está tratando de definir sus posturas; los cambios en su cuerpo se han hecho evidentes o se están haciendo y ya no pertenece, ni quiere pertenecer, a la de su predecesor. Ya no acepta ser tratado como un niño. Tampoco acepta, ni pertenece a ese otro estado de madurez, no quiere ser adulto y tampoco abandonar completamente la niñez. Es necesario, aunque no lo sepa, que aclare sus entes psicológicos, que resuelva su Edipo y evolucione la ley del padre. Sus caracteres cambiantes no le permiten permanecer inmóvil y evoluciona en el espacio; busca su ideal puesto en los otros individuos y de esa manera accede a una búsqueda intensa que le ofrece, en los patrones de comportamiento, la familia casual. La familia buscada opera como un ente de transición entre las etapas. Es el medio del acoplamiento y como habíamos dicho, en ella, se opera la misma escuela comportacional que en la familia.
Deberíamos decir que, sí fue la necesidad y el instinto de supervivencia la que agrupó al ser humano en proporciones suficientes para escapar de los peligros y procurarse el alimento, llevando consigo el detrimento sexual. Fue ese mismo instinto el que lo reprimió en cuanto al sexo, ya que, debió saltar de algún modo, de la simple manada en la que los derechos sexuales eran exclusivos del miembro más inteligente al sistema en el que los derechos se repartían “por igual”. Inteligencia comprendida por factores muy diferentes a los examinados hoy, es decir, facilidad de caza y consecución de alimentos, utilidad en la tribu, resolución de problemas menores e innovaciones dentro de la misma tribu, como usar una piedra para romper los huesos y extraer la preciada médula inaprovechada por los demás animales. Estos derechos deben aparecer más extendidos en la nueva tribu, cada uno con más deberes que derechos, pero cada uno con el derecho de cubrir sus necesidades sexuales, latentes siempre.
Nótese mi reíntegro a la adolescencia, pero aclárese que las tribus, por más variadas que sean, se encuentran en diferentes edades y etapas del desarrollo psíquico y sólo delimito mi espacio muestral para ofrecer el panorama de la instauración de la tribu, que, por lo general, se mantiene incólume al pasar el tiempo. Si no en firme actividad, en feliz recuerdo.


domingo, 12 de junio de 2016

Efecto tribu introducción

INTRODUCCIÓN 



Han pasado los tiempos en que el hombre debió sentirse solo en el despertar del desierto y en la cueva obscura de la edad paleolítica; los días del hombre de antaño en que pudo ser o no ser ya han pasado; nuestra civilización ha dejado huellas que serán o no, vistas por seres de otros mundos –si es que los hay- para que de esas huellas deduzcan nuestro pensar y nuestra forma de actuar, la cultura y la ciencia; tenemos un idioma y una escritura propias en las que sin mucho esfuerzo otras culturas civilizadas pueden leer ese pasado. En nuestro contexto grandes hombres han desentrañado la particular forma de vida que es el mono desnudo con los solos rastros que este dejó: huesos, fósiles, en fin; se le ha despellejado y desarticulado para que la ciencia pueda, con algunas limitaciones, repararlo. El farmaceuta puede recetar algunos medicamentos en pos de unos síntomas y el cirujano, con hábiles cortes, puede “reparar” lo “descompuesto.” Todos estos avances han sido posibles, gracias al esfuerzo de muchos y hoy, sin más, podemos decir que el cuerpo humano no entraña demasiados secretos, ni aún en su genoma o su proteoma, estudiados de cerca desde la última década del siglo XX. El soma ha sido prácticamente develado, aunque la piedra filosofal de la inmortalidad no haya sido descubierta. El factor psique ha sido vastamente estudiado y cada vez sabemos más de la manera como interiorizamos la ley y como interactúan nuestros entes psicológicos para dar como resultado al hombre que cada uno es; con sus amarguras, felicidades, frustraciones y deseos. Freud, Jung y una larga lista de psicoanalistas han desvelado  al ser, al sujeto y correría con suerte si en mi vasta ignorancia le atinara a un suceso no estudiado; pero es gracias a esa ignorancia que mi propósito se encamina hacía la observancia de la regla, en los individuos, de unirse por tribus y familias, por grupos de ideas iguales o por “parentescos” creados bajo la categoría de la secta.
Empezaremos como Freud a hurgar en los rastros dejados por el hombre para dilucidar tan singular comportamiento sin dejar de lado a nuestros eruditos reconocidos. Viajaremos al mundo prehistórico e indagaremos en la vida de otros animales para reconocer esa actitud, ese instinto de supervivencia que se convierte en objeto de estudio. Es posible que haya ya cometido muchos errores, pero debo enmendar por lo menos el de haberle llamado instinto, porque peco de imparcial, llamando instinto a mi objeto de estudio, sin haberlo determinado. Llamémosle simplemente “el hecho” y sin más empecemos por lo primero.




Efecto tribu capítulo I

I



En primer lugar, deberíamos haber delimitado nuestro tema a la adolescencia, pero como aquella no está supeditada a una edad específica, sino a una cantidad de fenómenos que mellarán de alguna forma el comportamiento del individuo en los estadios siguientes, ampliaremos nuestro campo de estudio y solamente hablaremos de “el sujeto.” En segundo lugar debemos comenzar por explicar de que se trata este fenómeno que hemos llamado “efecto tribu.” Con el correr de los tiempos nada raro nos parece que los seres humanos se junten de acuerdo a sus edades, por ejemplo: los ancianos con los ancianos y los niños con los niños; mal visto está que un adolescente salga de fiesta con un amigo suyo que le supera con creces la edad; excepto que este sea pariente suyo; mal queda si una mujer entrada en años -como diría mi amigo Gonzalo: “Una de esas que es virgen y mártir por cuestiones de fealdad y senectud”- salga de la mano con el vecino de enfrente que apenas si está en la etapa en la que el “hombre es un pecado mortal solitario” frase que empleaba Fernando González para referirse al adolescente. Ya la sociedad se ha apropiado de los términos clínicos para definir a aquellas personas pues sufren de paidofilia y gerontofilia, aunque quede mejor sufrir de “púberfilia.” No debemos alargarnos con ejemplos porque ya oigo a mis interlocutores haciendo moción de suficiente aclaración. En la adolescencia, tanto como en la pubertad y aún en etapas más avanzadas, el hombre se recoge por géneros; están los beisbolistas y los artistas marciales; las amas de casa y los fanáticos de tal o cual cosa; pero no es a ese comportamiento natural de compartir con aquellos con los que se convive diariamente por cuestiones de gusto, sino a la identificación con dichos gustos. Metámonos más adentro en un sistema abierto al estudio y ubiquémonos en una calle central de apartamentos, nada fuera de lo normal –Una plaza, un parque, una iglesia y un hospital diría Camus- observemos las esquinas y allí veremos a la hora correcta lo que hemos venido a buscar: Se observa por ejemplo una serie de individuos con vestimentas similares en la parte de atrás de la iglesia; se caracterizan por la ropa; por el peinado, por el andar, por los gustos y por las influencias musicales. No muy lejos de allí se reviste otro centro tribal, en él, las características difieren de las del primer grupo, pero no entre ellos, nuevamente los esquemas de comportamiento están delimitados por algún factor de los antes mencionados, pero hasta el momento no alcanzamos a discernir de que se trata dicho factor. He ahí pues a nuestra tribu y no debemos engañarnos en cuanto a su condición. Similar a aquello de que nadie ve una jauría compuesta por lobos, tigres y dragones de komodo: los rebaños están compuestos de ovejas y las jaurías de fieras, pero sobre la misma condición, es decir, con rasgos en apariencia similares, familiares.
Un lobo es similar a otro lobo, pero una tuátara no aprenderá a ser lobo para identificarse con los lobos. De aquí debemos deducir que es necesario un factor aprendido previamente para elegir la manada en la que se asentará el individuo. Porque no podemos decir en aquellas observaciones del parque, que aquellos muchachos se identifiquen  por las vestimentas; se identifican por otros procesos mentales, y luego la aceptación del gusto musical o la vestimenta aparece como una confirmación de haber aceptado las reglas de la manada. Es aquí donde comienza el análisis escabroso de la aceptación de la ley. Los jóvenes escapan a los controles de la ley del padre; encontrando una ley substituta, mantenida por el líder, en la que ellos a su vez serán sucesores. Reemplaza la familia genética por una familia casual, familia que le permite algunos desmanes, pero que a su vez le impone unas restricciones.