IV
Observemos algunos detalles de nuestros antepasados animales
antes de ofrecer y volver al tema que nos compete.
En los inicios de la especie animal lo más precario que
aparece es la célula, en el mar, allí sola y desvalida, sin otro más que su yo
inexistente y con cientos de sus congéneres alrededor; cada una experta en nada
y apta para nada, es de esperar que si no buscaba inexplicablemente una forma
superior de alianza con sus vecinas ese soplo vital habría llegado hasta allí y
hoy ya no nos ocuparía la nada en nada y que esta vez me perdone el padre del
nadaísmo. De alguna manera, sin saberse cómo ni por qué, las células
encontraron la forma de agruparse en células más complejas llamadas eucariotas
y empezaron un largo camino de especialización que las llevó a fabricarse a sí
mismas la comida y cada vez más, hubo agrupaciones de esas agrupaciones para
llegar a un ser vivo, en principio complejo, aunque no fuese más que una masa
informe capaz de recoger anhídrido carbónico en abundancia para realizar los
procesos por los que se determina, aún hoy día, a los seres vivos: nacer,
crecer, reproducirse y morir. Tal es la teoría de los Coacervatos de Oparin, es
decir, de los grupos de moléculas proteicas. No es importante para nuestro
estudio cómo estas eucariotas evolucionaron hasta llenar el espacio de oxígeno
y en simbiosis con otros organismos dieron a luz la diversidad de aquel
entonces. Fue mucho más adelante que los peces organizados en cardúmenes
decidieron sin voluntad propia abandonar el mar, tal vez por un proceso de
retroceso en los océanos o por una sequía inestimable que los obligó a
retirarse de su elemento natural para buscarse un nuevo elemento natural, sin
demasiadas competencias o mejor dotado de alimento. Este proceso no pudo haber
sido emprendido por un solo individuo, se necesitó entonces otra vez, de la
asociación para la conquista de la tierra. Ya en la tierra, con amplias
diversidades, notamos la separación de las especies en géneros diversos, pero
en todas y cada una podemos observar esta asociación primaria de la que hemos
estado hablando a lo largo de todo el capítulo: Los peces en cardúmenes y los
perros en jaurías, las abejas en enjambre y las termitas en colmenas; la manada
siempre está presente para cumplir a cabalidad la función de preservar la vida
del grupo y proyectarlo a generaciones venideras.
Observemos a las manadas de mamíferos en los que resalta el
macho o la hembra alfa, único con capacidad para procrearse, título ganado a la
fuerza y que durará solo el tiempo necesario para una o dos generaciones antes
de que un macho o una hembra más apta y fuerte ocupe su lugar.
Así mismo se encauzó la lucha humana por la supervivencia,
los individuos de la misma especie, aquellos con rasgos y gustos similares se
agruparon y estos más que aquellos sobrevivieron, adaptándose al medio hostil
que habitaban.
Al final no es necesario pensar demasiado sobre cual tribu
de prehomÍnidos se adaptó mejor, tan bien lo pudo haber hecho el affarensis
como el Bosei o el ramapitecus. Cualquiera de ellos que lo hubiese hecho
solamente pudo haber dado como resultado otro eslabón más de la cadena: el homo
sappiens. Me explico: la evolución tiene una directriz y aunque pueda ser
alterada o trunca, los individuos adaptados terminaran por llegar a la premeta
a entregar la estafeta.
Es importante anotar antes de nuestra conclusión capitular,
que J. Lacan observa: “el psicoanálisis muestra –no demuestra- que la
psicología humana pertenece a otra dimensión” esto es, a una dimensión
diferente a la animal, no lo tomaremos como un punto a nuestro favor.
Basaremos pues la existencia del ser humano en un factor
decisivo inherente a la supervivencia y le llamaremos el factor de asociación y
para no desafinar en el camino y en el intento, emplearemos una mitología
alterna, la de los eslavos. Le llamaremos el factor Mimir, recordando la leyenda de la asociación entre los
Vanes y los Ases, los cuales, para acabar con las disputas escupieron en un
vaso para sellar el pacto de no agresión, vaso del cual, más adelante,
aparecería el sabio Mimir.
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