domingo, 12 de junio de 2016

Efecto tribu introducción

INTRODUCCIÓN 



Han pasado los tiempos en que el hombre debió sentirse solo en el despertar del desierto y en la cueva obscura de la edad paleolítica; los días del hombre de antaño en que pudo ser o no ser ya han pasado; nuestra civilización ha dejado huellas que serán o no, vistas por seres de otros mundos –si es que los hay- para que de esas huellas deduzcan nuestro pensar y nuestra forma de actuar, la cultura y la ciencia; tenemos un idioma y una escritura propias en las que sin mucho esfuerzo otras culturas civilizadas pueden leer ese pasado. En nuestro contexto grandes hombres han desentrañado la particular forma de vida que es el mono desnudo con los solos rastros que este dejó: huesos, fósiles, en fin; se le ha despellejado y desarticulado para que la ciencia pueda, con algunas limitaciones, repararlo. El farmaceuta puede recetar algunos medicamentos en pos de unos síntomas y el cirujano, con hábiles cortes, puede “reparar” lo “descompuesto.” Todos estos avances han sido posibles, gracias al esfuerzo de muchos y hoy, sin más, podemos decir que el cuerpo humano no entraña demasiados secretos, ni aún en su genoma o su proteoma, estudiados de cerca desde la última década del siglo XX. El soma ha sido prácticamente develado, aunque la piedra filosofal de la inmortalidad no haya sido descubierta. El factor psique ha sido vastamente estudiado y cada vez sabemos más de la manera como interiorizamos la ley y como interactúan nuestros entes psicológicos para dar como resultado al hombre que cada uno es; con sus amarguras, felicidades, frustraciones y deseos. Freud, Jung y una larga lista de psicoanalistas han desvelado  al ser, al sujeto y correría con suerte si en mi vasta ignorancia le atinara a un suceso no estudiado; pero es gracias a esa ignorancia que mi propósito se encamina hacía la observancia de la regla, en los individuos, de unirse por tribus y familias, por grupos de ideas iguales o por “parentescos” creados bajo la categoría de la secta.
Empezaremos como Freud a hurgar en los rastros dejados por el hombre para dilucidar tan singular comportamiento sin dejar de lado a nuestros eruditos reconocidos. Viajaremos al mundo prehistórico e indagaremos en la vida de otros animales para reconocer esa actitud, ese instinto de supervivencia que se convierte en objeto de estudio. Es posible que haya ya cometido muchos errores, pero debo enmendar por lo menos el de haberle llamado instinto, porque peco de imparcial, llamando instinto a mi objeto de estudio, sin haberlo determinado. Llamémosle simplemente “el hecho” y sin más empecemos por lo primero.




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