INTRODUCCIÓN
Han pasado los
tiempos en que el hombre debió sentirse solo en el despertar del desierto y en
la cueva obscura de la edad paleolítica; los días del hombre de antaño en que
pudo ser o no ser ya han pasado; nuestra civilización ha dejado huellas que
serán o no, vistas por seres de otros mundos –si es que los hay- para que de
esas huellas deduzcan nuestro pensar y nuestra forma de actuar, la cultura y la
ciencia; tenemos un idioma y una escritura propias en las que sin mucho
esfuerzo otras culturas civilizadas pueden leer ese pasado. En nuestro contexto
grandes hombres han desentrañado la particular forma de vida que es el mono
desnudo con los solos rastros que este dejó: huesos, fósiles, en fin; se le ha
despellejado y desarticulado para que la ciencia pueda, con algunas
limitaciones, repararlo. El farmaceuta puede recetar algunos medicamentos en
pos de unos síntomas y el cirujano, con hábiles cortes, puede “reparar” lo
“descompuesto.” Todos estos avances han sido posibles, gracias al esfuerzo de
muchos y hoy, sin más, podemos decir que el cuerpo humano no entraña demasiados
secretos, ni aún en su genoma o su proteoma, estudiados de cerca desde la
última década del siglo XX. El soma ha sido prácticamente develado, aunque la
piedra filosofal de la inmortalidad no haya sido descubierta. El factor psique
ha sido vastamente estudiado y cada vez sabemos más de la manera como
interiorizamos la ley y como interactúan nuestros entes psicológicos para dar
como resultado al hombre que cada uno es; con sus amarguras, felicidades,
frustraciones y deseos. Freud, Jung y una larga lista de psicoanalistas han
desvelado al ser, al sujeto y correría
con suerte si en mi vasta ignorancia le atinara a un suceso no estudiado; pero
es gracias a esa ignorancia que mi propósito se encamina hacía la observancia
de la regla, en los individuos, de unirse por tribus y familias, por grupos de
ideas iguales o por “parentescos” creados bajo la categoría de la secta.
Empezaremos como Freud a hurgar en los rastros dejados por
el hombre para dilucidar tan singular comportamiento sin dejar de lado a nuestros
eruditos reconocidos. Viajaremos al mundo prehistórico e indagaremos en la vida
de otros animales para reconocer esa actitud, ese instinto de supervivencia que
se convierte en objeto de estudio. Es posible que haya ya cometido muchos
errores, pero debo enmendar por lo menos el de haberle llamado instinto, porque
peco de imparcial, llamando instinto a mi objeto de estudio, sin haberlo
determinado. Llamémosle simplemente “el hecho” y sin más empecemos por lo
primero.
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