domingo, 12 de junio de 2016

Efecto tribu capítulo I

I



En primer lugar, deberíamos haber delimitado nuestro tema a la adolescencia, pero como aquella no está supeditada a una edad específica, sino a una cantidad de fenómenos que mellarán de alguna forma el comportamiento del individuo en los estadios siguientes, ampliaremos nuestro campo de estudio y solamente hablaremos de “el sujeto.” En segundo lugar debemos comenzar por explicar de que se trata este fenómeno que hemos llamado “efecto tribu.” Con el correr de los tiempos nada raro nos parece que los seres humanos se junten de acuerdo a sus edades, por ejemplo: los ancianos con los ancianos y los niños con los niños; mal visto está que un adolescente salga de fiesta con un amigo suyo que le supera con creces la edad; excepto que este sea pariente suyo; mal queda si una mujer entrada en años -como diría mi amigo Gonzalo: “Una de esas que es virgen y mártir por cuestiones de fealdad y senectud”- salga de la mano con el vecino de enfrente que apenas si está en la etapa en la que el “hombre es un pecado mortal solitario” frase que empleaba Fernando González para referirse al adolescente. Ya la sociedad se ha apropiado de los términos clínicos para definir a aquellas personas pues sufren de paidofilia y gerontofilia, aunque quede mejor sufrir de “púberfilia.” No debemos alargarnos con ejemplos porque ya oigo a mis interlocutores haciendo moción de suficiente aclaración. En la adolescencia, tanto como en la pubertad y aún en etapas más avanzadas, el hombre se recoge por géneros; están los beisbolistas y los artistas marciales; las amas de casa y los fanáticos de tal o cual cosa; pero no es a ese comportamiento natural de compartir con aquellos con los que se convive diariamente por cuestiones de gusto, sino a la identificación con dichos gustos. Metámonos más adentro en un sistema abierto al estudio y ubiquémonos en una calle central de apartamentos, nada fuera de lo normal –Una plaza, un parque, una iglesia y un hospital diría Camus- observemos las esquinas y allí veremos a la hora correcta lo que hemos venido a buscar: Se observa por ejemplo una serie de individuos con vestimentas similares en la parte de atrás de la iglesia; se caracterizan por la ropa; por el peinado, por el andar, por los gustos y por las influencias musicales. No muy lejos de allí se reviste otro centro tribal, en él, las características difieren de las del primer grupo, pero no entre ellos, nuevamente los esquemas de comportamiento están delimitados por algún factor de los antes mencionados, pero hasta el momento no alcanzamos a discernir de que se trata dicho factor. He ahí pues a nuestra tribu y no debemos engañarnos en cuanto a su condición. Similar a aquello de que nadie ve una jauría compuesta por lobos, tigres y dragones de komodo: los rebaños están compuestos de ovejas y las jaurías de fieras, pero sobre la misma condición, es decir, con rasgos en apariencia similares, familiares.
Un lobo es similar a otro lobo, pero una tuátara no aprenderá a ser lobo para identificarse con los lobos. De aquí debemos deducir que es necesario un factor aprendido previamente para elegir la manada en la que se asentará el individuo. Porque no podemos decir en aquellas observaciones del parque, que aquellos muchachos se identifiquen  por las vestimentas; se identifican por otros procesos mentales, y luego la aceptación del gusto musical o la vestimenta aparece como una confirmación de haber aceptado las reglas de la manada. Es aquí donde comienza el análisis escabroso de la aceptación de la ley. Los jóvenes escapan a los controles de la ley del padre; encontrando una ley substituta, mantenida por el líder, en la que ellos a su vez serán sucesores. Reemplaza la familia genética por una familia casual, familia que le permite algunos desmanes, pero que a su vez le impone unas restricciones.

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