domingo, 10 de julio de 2016

Efecto tribu capítulo final

VII
Huyamos antes de que la razón que nos queda sea consumida con las conclusiones. A la humanidad no hay que recomendarle que se libere de las asociaciones, desaparecería en el acto mismo. La asociación y la identificación con otros es su manera de vivir. Sean cuales sean las condiciones vitales del ser humano, su tendencia siempre lo conduce a formar grupos al margen de la macrosociedad y de ellos requiere imperativamente. Aquí no aliarse es también una forma de aliarse aunque, “El todo es mayor que la parte.”
No iremos a ninguna parte, no seremos más inteligentes ni menos torpes, sólo nos agruparemos y perforaremos nuestros lóbulos para colocar en ellos pendientes y colgaremos medallas y amuletos en nuestros cuellos y muñecas porque a la humanidad no le fue dado ser libre, eso es virtud de las cimas y en las cimas solo hay soledad.

sábado, 2 de julio de 2016

Efecto tribu capítulo VI

VI


Antes de seguir con este aparte, o más bien para comenzar, tenemos que incluir en el análisis de fondo un último entramado que acompaña la cultura de las nuevas tierras, deberemos llamarle la globalización de las ideas. Pero nos referiremos a la música como contexto cultural. Como globalizador y globalizante y al tiempo como disociador en la cultura preexistente, o por lo menos como piedra angular de escándalo para el analista y su paciente. Articulemos el aparato musical y las vivencias de género como un factor que agrupa al individuo en torno a un consejo de ancianos, es decir, una especie de sanedrin pero en la versión menos apostolar. Las generaciones vienen alimentándose con la voz del pasado y con las aureolas de héroes conseguidas por otros y tras ella, pacen como si estuviesen en una pradera recién descubierta por una manada de gñues perdidos. Es indudable el efecto musical en la adolescencia, guiada magistralmente por los hedonistas de masa para hacerles pensar que el camino correcto es el que dibujan sus artistas preferidos, guiados eso si por los titiriteros que cambiarán de marioneta cuantas veces sea necesario. Ni que decir de los deportes, llevados al límite por los fanáticos y en los que en la actualidad se ve la mayor parte de las tribus, con iguales mañas, igual de salvajes y de ancestrales.
No debemos difamar, pero en el presente asociamos de la siguiente manera, las tribus se presentan en cualquier cantidad de formas y en ellas se cumple que “Cosas iguales a una misma cosa son iguales entre sí.” Es decir, estás tribus se agrupan como una forma de sobrevivir, como una forma de lineamiento para emplear el tiempo ocioso que les queda luego del forzoso trabajo para subsistir y, crecen en proporciones desmesuradas cumpliendo la segunda ley: “Si a cosas iguales se les agrega cosas iguales, las sumas son iguales.”
Pero, ¿Para qué nos sirve este análisis sobre el efecto de agruparse? Para nada, porque el hombre requiere de dichas asociaciones para no sentirse solo en el universo y la adolescencia como la refiere mi adorado maestro es una edad en la que “no se tiene ni un sentimiento fuerte, ni una pasión profunda ni una voluntad fuerte” y, además la humanidad es eternamente púber, mentalmente hablando.
Disgreguemos este tratado observando en el pasado las sectas y asociaciones poderosas, a las que ha pertenecido un sinnúmero de humanos:
Los templarios fundada en 1119 por Hugo de Payens, llegó a convertirse en un acicate que dominó Europa, pues terminaron convertidos en banqueros en nombre del señor, aunque su lema fue el de “pobres soldados compañeros de cristo.”
Los carbonarios fundada en 1760 para combatir las dinastías extranjeras en Italia y los Thugs, secta que asoló con asesinatos a los viandantes de la india en un fervor religioso; la francmasoneria, viva aún y fundada en el siglo X por albañiles y para albañiles; los rosacruces, la AMORC, el KKK y las Kamelias, el maumau, la mano negra; la mafia; el cristianismo, el voodoo...
¿De qué podríamos hablar en la humanidad que no sea una secta?