VI
Antes de seguir con este aparte, o más bien para comenzar, tenemos
que incluir en el análisis de fondo un último entramado que acompaña la cultura
de las nuevas tierras, deberemos llamarle la globalización de las ideas. Pero
nos referiremos a la música como contexto cultural. Como globalizador y
globalizante y al tiempo como disociador en la cultura preexistente, o por lo
menos como piedra angular de escándalo para el analista y su paciente.
Articulemos el aparato musical y las vivencias de género como un factor que
agrupa al individuo en torno a un consejo de ancianos, es decir, una especie de
sanedrin pero en la versión menos apostolar. Las generaciones vienen
alimentándose con la voz del pasado y con las aureolas de héroes conseguidas
por otros y tras ella, pacen como si estuviesen en una pradera recién
descubierta por una manada de gñues perdidos. Es indudable el efecto musical en
la adolescencia, guiada magistralmente por los hedonistas de masa para hacerles
pensar que el camino correcto es el que dibujan sus artistas preferidos,
guiados eso si por los titiriteros que cambiarán de marioneta cuantas veces sea
necesario. Ni que decir de los deportes, llevados al límite por los fanáticos y
en los que en la actualidad se ve la mayor parte de las tribus, con iguales
mañas, igual de salvajes y de ancestrales.
No debemos difamar, pero en el presente asociamos de la siguiente
manera, las tribus se presentan en cualquier cantidad de formas y en ellas se
cumple que “Cosas iguales a una misma cosa son iguales entre sí.” Es decir,
estás tribus se agrupan como una forma de sobrevivir, como una forma de
lineamiento para emplear el tiempo ocioso que les queda luego del forzoso
trabajo para subsistir y, crecen en proporciones desmesuradas cumpliendo la
segunda ley: “Si a cosas iguales se les agrega cosas iguales, las sumas son
iguales.”
Pero, ¿Para qué nos sirve este análisis sobre el efecto de agruparse?
Para nada, porque el hombre requiere de dichas asociaciones para no sentirse
solo en el universo y la adolescencia como la refiere mi adorado maestro es una
edad en la que “no se tiene ni un sentimiento fuerte, ni una pasión profunda ni
una voluntad fuerte” y, además la humanidad es eternamente púber, mentalmente
hablando.
Disgreguemos este tratado observando en el pasado las sectas y
asociaciones poderosas, a las que ha pertenecido un sinnúmero de humanos:
Los templarios fundada en 1119 por Hugo de Payens, llegó a
convertirse en un acicate que dominó Europa, pues terminaron convertidos en
banqueros en nombre del señor, aunque su lema fue el de “pobres soldados
compañeros de cristo.”
Los carbonarios fundada en 1760 para combatir las dinastías extranjeras
en Italia y los Thugs, secta que asoló con asesinatos a los viandantes de la
india en un fervor religioso; la francmasoneria, viva aún y fundada en el siglo
X por albañiles y para albañiles; los rosacruces, la AMORC , el KKK y las
Kamelias, el maumau, la mano negra; la mafia; el cristianismo, el voodoo...
¿De qué podríamos hablar en la humanidad que no sea una secta?
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