viernes, 16 de junio de 2017

Nombres y apellidos

Seguro que si busco encuentro, pero para mí es más gratificante pensar y por eso viajo en mi imaginación a la creación del lenguaje para ver si desentraño el papel que cumplen y la aparición de los nombres propios. Si me rajo, mi legado perdurará en red por algún tiempo y el ejercicio mental que realizo, no dejará de serme gratificante por ello. Es claro que sin algún tipo de idioma, referirse a un tercero o a uno mismo es bien difícil, a no ser que con la mano, en modelo supremo de yoísmo, nos señalemos o señalemos a ese otro y, eso ya debió hacerlo el hombre que se paraba en dos patas hace tres millones de años. Tampoco dudo que la aparición de los patrones psicológicos dependan de ese mismo "yo" que nos hace aparecer como "individuos" y ese "otro" que es también "individuo". Sin "yo" no puede existir el hombre actual y ya ese acto de surgimiento del "yo" es, definitivamente, un rasgo de megalomanía. Debo centrarme es en la necesidad de nombrar al otro para identificarlo y es de esperarse que también en las cuevas paleolíticas se hiciera referencia a los rasgos más relevantes del individuo: "el cojo" "el de la cicatriz acá o acuyá, el gordo" -dudo que hubiese superávit de calorías en esas oscuras épocas, pero es un ejemplo válido- y que al hacerlo mostraran con sus manos tal cualidad, así que nuestros nombres surgen de la necesidad de identificar a un individuo y de individualizarlo, no importa que aquello viniese más de un lenguaje corporal que de otra cosa. El lenguaje hablado, no importa su guturalismo, consonantismo y oclusivismo glotal, podía llamar a un individuo "grrr" o "kff" o "shhhh" y reconocerlo como una cédula y no tener que repetir tal guturalismo hasta pasadas varias décadas o incluso varias centurias. La proliferación humana obligó a dar nombres a las personas importantes -tener un nombre era ser alguien, el individuo del común no lo necesitaba- y tal nombre significaba algo en el idioma asignado: "hijo de la mañana", "lucero del alba", "conquistador de sueños", "matador de extranjeros" en fin, entiéndase, cada nombre traía su significado adjunto, no ponían a Felipe por ponerlo Felipe, sino por que, en algún momento mostró su amor por los caballos. ¿Quién es ese joven que hay allá? El que adora caballos. ¿Ahh Filípides? Eso, Pipe. El mayor crecimiento poblacional nos obligó a usar -falta de erudición o de ingenio- nombres repetidos y darle a aquel la ayuda, para identificarlo, de un pater o de una filiación con un pater. Felipe el hijo de Jacobo y ahí cada cultura se extralimitó creando sus propios finales que significan hijo de o afiliado a (Ez español, ov ruso, O' irlándes, Mc escocés, Ida griego, son anglófono...). Felipe Jacobida, Felipe Jacobez, Felipe McJacobo, Felipe O'jacobo o Felipe Jacobovitch. Otras culturas prefirieron usar la profesión: escribano, zapatero, herrero, escudero, guerrero o la provincia o región a la que pertenencia, es decir, el topónimo: Felipe De Vinci, Felipe de Estágira o Felipe de Crotona y hasta Felipe el hijo de Jacobo el de Marinilla. O un lugar de la provincia de donde venía: Del río, De la torre, Del Castillo, De la montaña. (Puede parecer sólo una coincidencia, pero para nombrar en Colombia a los miembros de una banda usamos su filial con ella: Jaime el vocal de GP, Camilo bateria de Punkies o simplemente Jaime GP, Jason Agnatos, Jaime Athanator o Carlos Neus) o cualidades rubio, delgado, lozano, moreno.  Se entiende por extensión la necesidad de usar un segundo nombre o un segundo apellido y la consecuente desaparición de la relación entre el nombre y el oficio o la ciudad natal o la filiación, ahora el nombre es una necesidad y en general, no significa sino que a los padres o padrinos les gustó un determinado nombre para zampárselo a un pobre individuo que deberá cargar con él por el resto de sus días junto con el patronímico o matronímico, a menos que se meta en el engorroso proceso de cambiárselo. La fuerza machista de los primeros años de desarrollo, casi obliga a usar primero el apellido paterno, pero eso es una tontería que podemos abolir hoy y el vicio de poner a los hijos con nombres extranjeros cuya etimología y cuya escritura desconocemos, proviene de la ignorancia absoluta de la necesidad de un nombre digno y acorde, tanto como de la ignorancia de tal etimología y tal escritura. Quisiera poner un punto a favor y en contra de las traducciones de los nombres. Uno se llama Jaime López y en Japón seguirá llamándose igual, con la correspondiente pronunciación: Yaime Ropesu -con r suave y sin la e final y para el caso de que lo lean- pero no podemos evitar que todos los idiomas se hayan desarrollado de uno principal, el protoindoeuropeo y de allí que Fredd y Peter sean Pedro o Filípedes, Phillipe o Phillip sean Felipe o que Jacobo, Jacob -léase yeico- y Jaime sean versiones del mismo nombre. ¿Me entienden? si usted se llama queso, queso se llama en cualquier idioma, pero queso es Cheese en inglés y Fromage en francés, pero nadie tiene derecho a cambiarle el nombre.

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