sábado, 11 de mayo de 2019

La ética, la estética y la moral

Ya es pausa mía saber que esas cosas de la ética y la moral son inventos humanos lo mismo que aquello de las normas de comportamiento, la manera como se toman los alimentos o se sienta a la mesa, el ceder el asiento o no colocar los codos sobre ella; brindar chocando copas o decir salud o chin chin. La verdad es que una auscultación a la historia puede contarnos como se hicieron aquellos tratados y de donde viene cada rito y norma ─la aceptación y repetición de ellos no deja de ser un rito─ que confirma lo sociales que somos. Para muchos de nosotros es claro lo que queremos ocultar y lo que nos es molesto, son pocos los seres humanos que quieren ser vistos en el acto de deposición y sabemos además los olores que pueden desprenderse y por ello nos ocultamos, cosa similar procede con los actos de apareamiento, aunque notemos que los animales deponen en cualquier lugar, incluso muy cerca de su alimento o se aparean cuando es el momento sin importar el lugar. Esa actitud la vemos con los animales domesticados, pero en realidad, en  la selva los animales no deponen cerca a su comida o madriguera, aunque no es que tengan una regla impuesta. Muchas de las aberraciones humanas nacieron con el paso de nómades a sedentarios. Supongo yo que si ibas caminando por una pradera, podías tranquilamente arrodillarte y defecar, expedito, con la obvia complicidad del grupo que le restaría el peligro potencial de la indefensión, pero en medio de un grupo sedentario, la misma acción podría considerarse una ofensa y por ello se buscaba un lugar alterno y común para depositar esas cuentas, pero lejos del fuego que representaba el hogar y no tanto que presentara un peligro para el depositario. Comer con la mano no fue un problema nunca hasta que el hombre inventó los utensilios y las normas de uso que varían de acuerdo a las regiones y que un totalitario recopiló y exigió para que fueran señas de buena costumbre ─aunque nadie teorizó porque es más civilizado usar los cubiertos que la mano, asumo yo que separa al nativo sin conquistar de aquel que ha acaparado algo de conocimiento─. Poner los codos sobre la mesa, que apenas se inventaba, era robarle puesto al de al lado y poner ambas debajo indicaba que se ocultaba un arma o se preparaba una traición o se tocaba indecentemente con la complicidad de la mesa misma. Desear salud o saludar empleando la mano motora principal era estar en disposición de no combate y hoy el saludo es una obligación de buena costumbre aunque fácilmente podemos decir: hola, buenos días. Liberar gases de desecho se vuelve un problema cuando son demasiado sulfurosos y entre animales no es un problema, pero las buenas costumbres reclaman un comportamiento diferente, aunque no todas las culturas hayan llegado al mismo pacto de no agresión. En algunas  culturas eructar es señal de buen gusto y de alabanza del plato y hasta mostrar el alimento medio masticado con la boca abierta y  hasta lanzarse un sonoro pedo con bomba lacrimógena no representa mal gusto. Nuestra cultura, promovida y enseñada y obviamente aprendida, determina que hablar con la boca llena, eructar o arrojarse gases no es de buen gusto, pero sólo depende de la cultura, no de una evolución pertinente. Similarmente la moral es un grupo de normas que la cultura ha estilizado, pero que varía entre cultura y cultura: para algunos es impensable acostarse con su propia hija o dejar que los hijos accedan a las hembras hermanas, pero en otras culturas es totalmente sano y comprensible. Se debe apuntar que nos entrenan desde pequeños para no desear a nuestras madres o hermanas e incluso nos da cierto escozor pensarlo y ese es el truco de la educación, que parezca que es nuestro instinto quien nos aleja de esas aberraciones, e incluso, que son aberraciones. Matar al enemigo o esclavizarlo no hace parte de nuestras costumbres morales lo que no hace que otros no avalen tales prácticas. Al punto: la ética, la moral y las convenciones sociales dependen de la cultura que nos enseñaron y de la que hacemos parte por aceptarlas y no es, de ninguna manera, una camisa de fuerza evolutiva, ya que pueden ser variadas y muy intensas. Las religiones, el sentido común, los miedos y deseos pulieron lo que hoy llamamos ética y normatividad y es a lo que nos enfrentamos cuando aceptamos compartir en una mesa o vivir con un otro. Lo mismo pide el convenio de Ginebra, una normativa inventada para hacer más llevaderas las guerras... suena ridículo, pero así es el ser humano. Y la generalización de la norma nos convierte en una aldea con cultura global.
Falta la estética pero ya todo está dicho, se nos entrena para decir que es la belleza promedio, que es una buena pintura o una buena escultura, como es mejor la letra en linea o desordenada y voilá: aparece nuestra estética de gustos refinados por la educación.
Por si las moscas lo pongo de manifiesto. Las tres aberraciones estudiadas hoy son el resultado de la estilización de una norma social cuyas valoraciones son altas e importantes para la vida en comunidad: No matar o no robar por ejemplo, pero también usar cubiertos y hacerlo de tal o cual manera, desear a tal o cual tipo de mujer ─la norma dice que 90-60-90─ o portarse de tal o cual manera e incluso nuestra estética vanguardista dice que si no amas a Cézanne o Gauguin a Botero y a Picasso eres un fracaso estético.

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